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Por qué los medicamentos tipo GLP-1 no son la solución a la obesidad

En los últimos años, los agonistas del receptor GLP-1 se han presentado como una especie de “respuesta definitiva” a la obesidad. La narrativa dominante sugiere que, por fin, existe un fármaco capaz de resolver un problema que durante décadas se ha atribuido de forma simplista a la falta de fuerza de voluntad.

Sin embargo, cuando se analizan los datos con rigor y se observa la práctica clínica real, el mensaje cambia: estos medicamentos ayudan a algunos, ayudan poco a otros y no resuelven el problema de fondo.


Los resultados reales ya nos están diciendo algo


Los estudios y la experiencia clínica muestran un patrón claro:

  • Aproximadamente la mitad de los pacientes logra pérdidas de peso relevantes (≥15%).

  • Entre un 15 y un 20% pierde muy poco o prácticamente nada.


Si estos medicamentos fueran “la solución”, la respuesta debería ser más uniforme. No lo es, porque un solo mecanismo no puede corregir todas sus causas.


Qué hacen bien los GLP-1… y por qué eso no basta


Los GLP-1 actúan principalmente reduciendo la ingesta calórica a través de tres vías:

  • Disminuyen el apetito central

  • Prolongan la saciedad al enlentecer el vaciamiento gástrico

  • Atenúan parcialmente la respuesta de recompensa frente a la comida


Esto equivale, en la práctica, a comer menos con menos hambre.

El problema es que comer menos no siempre es el problema principal.


La obesidad no siempre se explica por apetito

En un número importante de pacientes, el aumento de peso está impulsado por mecanismos que no se corrigen con GLP-1:


  • Hiperinsulinemia crónica, especialmente de origen hepático, que bloquea la lipólisis aunque la ingesta sea baja.

  • Pérdida de masa muscular, que reduce el gasto energético basal y favorece la recuperación del peso.

  • Alteraciones del sueño y del ritmo circadiano, que desregulan leptina, grelina, cortisol e insulina.

  • Estrés crónico, con hipercortisolismo sostenido y aumento de grasa visceral.

  • Fenotipos genéticos donde el cuerpo defiende activamente el peso.

  • Entornos obesogénicos, donde la comida ultraprocesada vence cualquier señal de saciedad farmacológica.


En estos casos, reducir el apetito no desbloquea el metabolismo.


Por qué bajar de peso no es lo mismo que resolver la obesidad


Incluso cuando el GLP-1 funciona, suele hacerlo mientras se usa. Al suspenderlo, una parte importante del peso se recupera. Esto no es un efecto rebote “psicológico”, sino fisiológico:


  • El fármaco no corrige la causa metabólica subyacente.

  • No reconstruye masa muscular.

  • No normaliza la hiperinsulinemia.

  • No reprograma el sistema circadiano.

El medicamento “contiene” el problema, pero no lo resuelve.


El error del mensaje actual

Presentar estos fármacos como la solución definitiva tiene consecuencias:


  • Desplaza la atención del estilo de vida, el músculo, el sueño y la alimentación real.

  • Genera frustración en quienes no responden.

  • Reduce la obesidad a una cuestión de apetito, cuando es un trastorno metabólico complejo.


La obesidad no se cura apagando el hambre.


Entonces, ¿qué lugar tienen los GLP-1?


Los GLP-1 pueden ser útiles como herramientas de apoyo, especialmente:

  • En personas con apetito desregulado severo

  • Como puente terapéutico mientras se corrigen otros ejes

  • En contextos bien seleccionados y con seguimiento médico

Pero no sustituyen:

  • La recuperación del músculo

  • El control de la insulina

  • El orden del ritmo biológico

  • La alimentación basada en comida real


Conclusión

Los medicamentos tipo GLP-1 no son la solución a la obesidad porque la obesidad no es un problema de hambre aislado. Son una herramienta parcial para un problema sistémico.


El verdadero avance no está en suprimir el apetito de forma crónica, sino en entender qué mecanismo mantiene el exceso de peso en cada persona y tratarlo con precisión.


Sin ese cambio de enfoque, ningún fármaco —por potente que sea— podrá ser la respuesta definitiva.

 
 
 

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